La primera semilla de todos los sueños

La primera semilla de todos los sueños, sin dudarlo, es mamá.

Antes de que el mundo nos diga quién ser, hay una voz suave que nos enseña a caminar, a mirar el cielo y a creer que podemos volar. Esa voz es mamá.

Las madres son las primeras narradoras de cuentos. Las que responden con magia las preguntas que la vida nos lanza. Son brújula, empuje y hogar. Son quienes transforman el miedo en valentía, el “no puedo” en “inténtalo otra vez”, y la duda en fe.

Hoy escribo estas palabras con gratitud y propósito. Porque siento profundamente el deseo de rendir homenaje a quienes nos dieron el primer impulso: nuestras madres.

Detrás de cada niño que sueña con ser astronauta, médica, artista o inventor… hay una mamá que primero lo soñó todo por él. Que lo cuidó, lo animó y lo vio brillar incluso antes de que él mismo supiera que podía hacerlo.

Yo recuerdo claramente cómo cada día mi madre se esmeraba en llevarme a la escuela pulcra, con los zapatos limpios, el uniforme bien alineado, el moño perfecto y la coleta impecable. Me abrazaba una cuadra entera para evitar que pisara barro, cuidaba cada detalle con una ternura infalible.

En ese pequeño espacio llamado “patio”, me enseñaba a hablar con infinita paciencia: “Vamos, tú puedes. ‘M’ y ‘a’ es ‘ma’, ‘m’ y ‘e’ es ‘me’…”. Y así, repitiendo como un coro de esperanza, hasta que por fin, hablé.

De niña, mi madre fue ese rincón seguro donde todo era posible. Por las tardes, catecismo, costura, lecciones en una escuela de monjas. Sentarme derecha, responder con amabilidad, cuidar los detalles. Ella me formó no solo en modales, sino en amor.

Gracias, mami, porque jamás me has soltado. En la universidad hacías lo imposible por alcanzar el autobús que se marchaba. Gracias por cargarme para que no ensuciara mis zapatos. Gracias por abrazarme con fuerza cuando la fiebre me derrumbaba, aunque mis pies ya te llegaban a las rodillas. Me pregunto, aún hoy, de dónde sacaste tanta fuerza.

Quiero ser como tú. Dulce, buena, amable. Con ese corazón tan grande que no conoce límites.

Qué bonita fue mi niñez contigo. Qué fortuna tenerte como mi abrazo seguro. Aun en la distancia, tu paz me alcanza. No hay día en que no anhele llamarte para escucharte. Ten siempre presente que te amo, y que cada paso que doy es por ti y para ti.

Gracias por confiar en mí. Por hacerme valiente y próspera. Por motivarme a seguir mis sueños. Porque aún hoy, soy tu niña…

Este tributo es para las mujeres de mi linaje: mis abuelas, mi madre y mis hermanas, las mejores madres que conozco. Y también para todas aquellas que no figuran en los libros de historia, pero que escriben la historia todos los días. Mujeres que siembran amor, coraje y esperanza… sin pedir nada a cambio.

Porque cuando un niño elige con amor, es porque antes alguien lo miró con esperanza.

🌷 A todas las mamás que siembran futuro: gracias.

El futuro de un niño es siempre el trabajo de su madre.

Napoleón Bonaparte

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Karla Fabiola Barajas Pérez – Doctora en Tecnología Educativa, líder en transformación digital e innovación.
Apasionada por la inteligencia artificial, la educación tecnológica y el poder de las palabras para inspirar y transformar.

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