Pequeñas decisiones

Hace algunos años estaba convencida de que las grandes transformaciones ocurrían de repente. 

Pensaba que un día despertaría y sería una persona exitosa, disciplinada, segura de mí misma y feliz. Como si la vida cambiara de golpe. ¿Quién no ha imaginado algo así?

Un día tienes dudas, y al siguiente tienes confianza.
Un día tienes problemas, y al siguiente tienes la vida resuelta.

Pero con el tiempo descubrí que la vida rara vez funciona de esa manera.

Lo aprendí cuando decidí perseguir uno de los sueños más importantes de mi vida: estudiar un doctorado en el extranjero.

 Era el año 2017 y en ese momento acababa de terminar una maestría en México, después de 3 años.

Mi familia me decía que descansara, que ya había estudiado suficiente.
Pero había algo dentro de mí que seguía diciendo:
«Quiero más.»

Así que abrí un archivo de Excel y empecé a buscar universidades.

No sabía exactamente cómo lograrlo.
No tenía contactos.
No tenía un plan perfecto.

Solo tenía una decisión.

Intentarlo.

Cada día escribía correos.

A una universidad.
A un investigador.
A otra universidad.
A otro investigador.

Pasaban los días.
Y nada. Ninguna respuesta.

Pero al día siguiente volvía a escribir.
Y al siguiente también.
Hasta que un día recibí un correo.

Un investigador había leído mi propuesta y quería conversar conmigo.
Recuerdo perfectamente aquella reunión.
Después de escucharme me dijo:
«Creo que puedo ayudarte. Aplica.»

No sabía que aquella conversación cambiaría mi vida.
Porque encontrar una universidad no era lo más difícil.
Lo más difícil apenas estaba comenzando.

Inicié el doctorado y rápidamente entendí algo.

Nadie iba a perseguirme para que avanzara.
Nadie iba a obligarme a leer.
Nadie iba a obligarme a escribir.
Nadie iba a obligarme a investigar.

Toda la responsabilidad recaía sobre mí.
Y recuerdo decirme muchas mañanas:
«Si quiero alcanzar este sueño, tengo que trabajar hoy.»

No mañana.

Hoy.

Así que durante más de 6  años me levanté a las 4:30 de la mañana.
¿Siempre tenía ganas?
Por supuesto que no.

Había mañanas en las que la cama parecía una mejor idea.
Había mañanas en las que estaba cansada.
Había mañanas en las que pensaba:
«Hoy no.»

Pero entonces recordaba mi sueño.
Y me levantaba.

Mientras otros dormían, yo estudiaba.
Leía artículos científicos.
Escribía capítulos.
Analizaba datos.
Corregía documentos.
Y después me iba a trabajar.

Los días eran largos.
Los fines de semana también.

Recuerdo pasar horas y horas programando porque la investigación lo requería.
Recuerdo sentir el cansancio acumulado.
Recuerdo preguntarme si realmente valía la pena.
Y aun así seguía.

Una pequeña decisión a la vez.

Con el tiempo vi a compañeros abandonar el camino.
Algunos se rindieron.
Otros cambiaron de rumbo.
Y yo también tuve momentos en los que quise detenerme.
Pero seguía tomando la misma decisión.

Una página más.
Un artículo más.
Un capítulo más.
Un día más.

Y algo curioso empezó a suceder.
No me estaba convirtiendo únicamente en una doctora.
Me estaba convirtiendo en una persona más fuerte.
Más disciplinada.
Más constante.
Más capaz de cumplir su palabra.

Porque los sueños rara vez se construyen en momentos extraordinarios.
Se construyen en pequeños actos repetidos durante años.

No había aplausos.
No había reconocimientos diarios.
No había resultados inmediatos.

Solo trabajo silencioso.

Y entonces llegó el día de la defensa del trabajo de grado
Después de incontables revisiones.
Después de seis  años de esfuerzo.

Después de momentos en los que lloré pensando que no podía más.
Recuerdo aquellas horas de presentación, preguntas y evaluación.
Y recuerdo escuchar las palabras que había esperado durante tanto tiempo.

Srta. Barajas, su tesis ha sido aprobada con excelencia. 

Pensé que saltaría.
Pensé que gritaría.
Pensé que celebraría.

Pero lo que ocurrió fue diferente.
Sentí un profundo alivio.
Como si mi cuerpo dijera:
«Lo logramos.»

Y entonces entendí algo.

El doctorado no había cambiado mi vida únicamente porque obtuve un título. Había cambiado mi vida porque durante años aprendí a tomar pequeñas decisiones correctas incluso cuando no tenía ganas.

Y esa lección ha aparecido una y otra vez en distintos momentos de mi vida.

Cuando decidí seguir estudiando una certificación MIFID
Cuando decidí aprender un idioma nuevo

La mayoría de las veces una vida cambia a través de decisiones pequeñas.
Decisiones tan pequeñas que nadie les presta atención.

Levantarte o seguir durmiendo.
Estudiar una hora más o dejarlo para mañana.
Intentarlo una vez más o rendirte.

Y aunque parezcan insignificantes, con el tiempo terminan construyendo una identidad.

Porque las grandes transformaciones rara vez llegan de golpe.
Llegan disfrazadas de pequeñas decisiones cotidianas.

Por eso hoy quiero dejarte una pregunta.

¿Qué pequeña decisión tienes frente a ti en este momento?

Quizá sea una llamada pendiente.
Quizá sea un proyecto que llevan meses posponiendo.
Quizá sea una conversación que necesitan tener.
Quizá sea una meta que parece demasiado grande.
No intentes cambiar toda tu vida hoy.  

Solo toma la siguiente decisión correcta AHORA..  

Porque después de esta experiencia entendí algo que nunca olvidaré:
Las personas extraordinarias no siempre hacen cosas extraordinarias.
Muchas veces simplemente toman pequeñas decisiones correctas durante más tiempo que los demás.

Y si al terminar este artículo recuerdan una sola idea, que sea esta:

Las grandes metas no se alcanzan de una sola vez; se conquistan a través de pequeñas decisiones tomadas día tras día.

«Cada acción que realizas es un voto por la persona en la que deseas convertirte.«

James Clear

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Karla Fabiola Barajas Pérez – Doctora en Tecnología Educativa, líder en transformación digital e innovación.
Apasionada por la inteligencia artificial, la educación tecnológica y el poder de las palabras para inspirar y transformar.

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